¿Por qué las jefaturas terminamos siendo “los malos/as de la película”?
Hay una escena que muchas jefaturas conocen bien. Un colaborador llega tarde varias veces, un compromiso no se cumple, una conducta afecta al equipo, una meta se desvía o una regla empieza a flexibilizarse hasta perder sentido. Entonces alguien tiene que conversar, pedir explicaciones, poner límites, ordenar prioridades o tomar una decisión incómoda. Muchas veces esa persona es la jefatura. Y, de pronto, aparece la sensación de estar ocupando un lugar ingrato: ser quien recuerda las reglas del juego.
Ser jefe o jefa no consiste solamente en motivar, contener, escuchar y acompañar. También implica asegurar resultados, cuidar estándares, tomar decisiones, asignar recursos, evaluar desempeño y sostener conversaciones difíciles. Esa parte del rol suele ser menos visible en los discursos sobre liderazgo, quizá porque es menos amable, menos inspiradora y menos fácil de mostrar en una presentación. Aun así, es parte central del trabajo directivo.
En muchas organizaciones se espera que las jefaturas logren una combinación exigente: cercanía sin perder autoridad, empatía sin diluir responsabilidad, flexibilidad sin desorden, exigencia sin maltrato, foco en resultados sin descuidar a las personas. Suena razonable, no?, pero vivirlo es más complejo evidentemente.
El problema aparece cuando la jefatura queda atrapada entre dos expectativas que se tensionan. Desde arriba se le pide cumplimiento, productividad, control de indicadores y ejecución. Desde el equipo se espera comprensión, apoyo, buen clima y disponibilidad. En medio de esas demandas, el jefe debe traducir la estrategia en trabajo concreto, cuidar la convivencia y hacerse cargo de aquello que otros preferirían evitar. Esa posición intermedia tiene un costo emocional que pocas veces se conversa con honestidad.
A veces, hacer cumplir una regla genera rechazo. Pedir puntualidad puede ser visto como rigidez. Exigir calidad puede ser interpretado como presión (o acoso). Dar feedback correctivo puede sentirse como ataque (o acoso, de nuevo). Solicitar evidencias o seguimiento puede ser leído como desconfianza. La jefatura queda expuesta a una lectura difícil: si exige, incomoda; si no exige, el equipo se desordena y los resultados se deterioran.
Aquí surge una pregunta incómoda para quienes lideramos: ¿Cuántas veces evitamos una conversación necesaria por miedo a quedar como autoritarios, poco empáticos o conflictivos?
Ese miedo es más común de lo que parece. Muchas jefaturas temen dañar la relación con el equipo, perder cercanía, ser mal evaluadas, enfrentar reclamos, recibir una denuncia o ser percibidas como “malas personas”. En tiempos donde se valora con fuerza el liderazgo cercano y humano, algunas jefaturas pueden confundir cercanía con complacencia. Empiezan a postergar conversaciones, suavizar excesivamente los mensajes, tolerar incumplimientos o asumir personalmente cargas que deberían estar distribuidas.
El resultado suele ser paradójico. Para evitar el conflicto inmediato, la jefatura acumula problemas futuros. Lo que no se conversa a tiempo se transforma en resentimiento, inequidad o desgaste. El colaborador que cumple empieza a mirar con frustración cómo otros no cumplen. El equipo pierde referencias claras. Las reglas se vuelven interpretables. La jefatura termina más cansada, con menos autoridad y con mayor sensación de estar sola.
También ocurre algo importante: muchas personas llegan a roles de jefatura por su buen desempeño técnico, su compromiso o su experiencia, sin una preparación suficiente para liderar personas. Saben del negocio, conocen la operación, dominan el oficio. Luego descubren que liderar implica otra capa de trabajo: conversaciones difíciles, manejo emocional, lectura de dinámicas grupales, toma de decisiones impopulares, gestión de conflictos, evaluación de desempeño y construcción de autoridad legítima.
Nadie suele prepararnos del todo para mirar a una persona a los ojos y decirle que su desempeño no está siendo suficiente. Nadie nos enseña con claridad cómo corregir sin humillar, cómo exigir sin amenazar, cómo escuchar sin ceder en lo esencial, cómo contener sin hacernos cargo de todo. Esas habilidades se aprenden, muchas veces, a punta de ensayo, error y desgaste.
Desde una perspectiva organizacional, el rol de la jefatura es clave porque conecta tres dimensiones que deben convivir: las personas, las reglas y los resultados. Cuando una de esas dimensiones se abandona, el sistema se desequilibra. Si solo miramos resultados, aumentamos el riesgo de presión excesiva y deterioro del clima. Si solo miramos bienestar inmediato, podemos perder foco, consistencia y desempeño. Si solo miramos reglas, podemos volvernos burocráticos y poco sensibles al contexto.
La madurez de una jefatura está justamente en sostener esas tensiones sin esconderse. No se trata de ser querido todo el tiempo. Tampoco de instalar distancia para protegerse. Se trata de construir una autoridad clara, respetuosa y confiable. Una autoridad que explica, escucha, decide y se hace cargo.
Ser “el malo de la película” muchas veces es una señal de que estamos tocando temas que el equipo necesita ordenar. Claro que también puede ser una señal de mal liderazgo cuando hay abuso, arbitrariedad o falta de criterio. Por eso la reflexión debe ser honesta. La jefatura no puede usar el cumplimiento de reglas como excusa para pasar por encima de las personas. A la vez, tampoco puede renunciar a su rol por miedo a incomodar.
Una buena jefatura busca actuar con justicia, consistencia y sentido organizacional en cada decisión. Eso implica explicar el porqué de las reglas, vincularlas con el cuidado del equipo y con los resultados, aplicar criterios similares para todos y abrir espacios para que las personas puedan expresar desacuerdos sin que eso paralice la gestión.
También implica reconocer nuestros propios miedos. Miedo a no saber qué decir. Miedo a que la conversación escale. Miedo a ser injustos. Miedo a equivocarnos. Miedo a perder legitimidad. Esos miedos no nos hacen débiles; nos recuerdan que liderar personas tiene una carga humana real. La clave está en no dejar que esos miedos dirijan nuestras decisiones.
Quizá una forma más sana de mirar el rol sea esta: la jefatura no está para ser la persona más querida del equipo, ni para convertirse en vigilante permanente. Está para ayudar a que el trabajo ocurra de buena manera. Y para que eso pase, a veces debe acompañar; a veces debe contener; a veces debe exigir; a veces debe decir que no; a veces debe tomar decisiones que no serán populares en el momento.
El desafío es hacerlo sin perder humanidad. Con firmeza y respeto. Con claridad y escucha. Con criterio y consistencia. Porque en el trabajo, las reglas bien aplicadas son amigas del buen clima. Son justamente lo que permite que el equipo funcione, que las cargas se distribuyan mejor y que las personas sepan a qué atenerse.
Tal vez los jefes terminamos siendo “los malos de la película” cuando nadie más quiere sostener la escena difícil. Y quizá parte de nuestro desarrollo como líderes consiste en aprender a ocupar ese lugar sin culpa excesiva, sin dureza innecesaria y sin olvidar que detrás de cada regla también hay personas, expectativas y consecuencias.
Referencias
- Goleman, D. (1998). Working with emotional intelligence. Bantam Books.
- Heifetz, R. A., & Linsky, M. (2002). Leadership on the line: Staying alive through the dangers of leading. Harvard Business School Press.
- Kahn, W. A. (1990). Psychological conditions of personal engagement and disengagement at work. Academy of Management Journal, 33(4), 692–724.
- Kotter, J. P. (1996). Leading change. Harvard Business School Press.
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